Manuela y los tulipanes

Manuela y los tulipanes

11 octubre, 2013

Manuela y los tulipanes

El sol calentaba suavemente la carretera mientras el automóvil se deslizaba a velocidad de paseo por entre las arboledas de la campiña. La familia de Manuela no dejaba de expresar su asombro por aquellos paisajes soñados que tanto habían anhelado conocer y que finalmente podían observar de cerca.

Las paradas eran constantes y tanto los papás como Federico, el hermano mayor de la niña, no podían escapar al hechizo de los aromas que la naturaleza de La Camargue les regalaba. Las fotografías y los comentarios de todos, parecían molestar a la pequeña que continuaba con su aire displicente e inexplicable. Nadie entendía cuál era el motivo de su enfado y trataban de ignorar su comportamiento para que no opacara la belleza del momento.

Al final de la tarde llegaron a la posada que los hospedaría y se instalaron alegres en sus habitaciones. Mientras Manuela desempacaba sin ganas, su madre tocó a la puerta de la habitación y entró despacito, como si tratara de no enfadarla más todavía.

– ¿Qué es lo que te ocurre Manuela? ¿Se puede saber, por qué esa actitud?- preguntó la madre y aguardó en vano una respuesta.
– Te estoy hablando, hija. No me ignores. Esperamos mucho tiempo para este viaje y nos estás haciendo pasar un mal momento. – agregó la madre en un tono acusador, pero sin levantar la voz.
– Yo quería ir a Disneyland con mis amigas, ya se los dije.- contestó Manuela con desagrado.
– Eso no es posible, ya te lo explicamos. Este es un viaje en familia para conocer las tierras de nuestros antepasados.
– ¡Hmmf!- fue el comentario de Manuela, que continuó con sus cosas sin prestarle más atención.

La mamá de la pequeña se retiró contrariada sin despedirse. A las ocho en punto, todos bajaron a cenar al comedor de la posada, excepto Manuela que pidió que le enviaran un sándwich a la habitación. Cenaron y rieron, no estaban dispuestos a dejar que la actitud de la niña arruinara el viaje. Luego de un delicioso postre, se retiraron a las habitaciones para descansar, todavía les faltaba mucho para llegar al pueblo de los ancestros.

A la mañana siguiente, muy temprano, la familia continuó su viaje ya sin tantas paradas para llegar antes del anochecer al pueblo de Baux de Provence y conocer el lugar donde había nacido el bisabuelo Jean Luc. Una encantadora melodía tradicional de la región sonaba en la radio del coche y la familia tarareaba alegre, mientras la pequeña parecía distraída mirando el paisaje.

De pronto, Manuela pidió que detuvieran el auto junto a una plantación de tulipanes azules que pintaban la campiña hasta fundirse con el cielo. Era un paisaje sobrecogedor y todos estuvieron de acuerdo en que era una idea maravillosa parar allí.

Bajaron del auto y se adentraron entre las flores hasta que casi no se podían ver. Las mariposas danzaban y revoloteaban sobre las cabezas y Manuela comenzó a perseguir una enorme mariposa roja que tocó su sombrero. Estaba encantada y nada le preocupaba en ese momento. De pronto sintió una voz de niña que la llamó por su nombre y se dio vuelta sorprendida.

– Hola Manuela. Bienvenida.- dijo la pequeña desconocida.
– ¿Cómo conoces mi nombre? ¿De dónde saliste? No te había visto.
– Me llamo Cécile y somos familia.- respondió la misteriosa niña.
– ¿Cómo sabes tanto sobre mí? ¿Es que todavía tenemos familia aquí?- preguntó Manuela, que no salía de su asombro.
– Sabía que vendrían. Toda la familia lo sabe.
– Ven conmigo, te presentaré a mis padres y a mi hermano.
– Bien.

Las niñas se tomaron de la mano y corrieron hacia donde estaba la familia de Manuela. Cuando ya estaban cerca, Manuela soltó a la pequeña y corrió más rápido llamando a sus padres.

– ¡Vengan a conocer a Cécile! Ella es nuestra familia.- gritaba Manuela llena de alegría.
– ¿Quién es Cécile?- preguntaron todos a coro.
– Ella es Cécile. Nos estaba esperando.- dijo la niña señalando al aire.
– Allí no hay nadie, Manuela.- comentó el padre extrañado.
– Está por aquí. Se debe haber escondido.
– No vimos a nadie en todo este tiempo.- dijo la madre.
– Pero estuve hablando con ella recién.
– Estabas siguiendo a una mariposa.- dijo el padre.
– ¡Pero!…

Manuela salió corriendo por donde había venido, gritando el nombre de la niña desconocida. Los padres la siguieron y también llamaron, aunque sabían muy bien que ninguna niña respondería, porque simplemente, no había ninguna niña por los alrededores aparte de Manuela.

El resto del viaje fue muy silencioso y cuando llegaron a Baux de Provence, el sol ya estaba comenzando a descender para su descanso. Se registraron en la posada y decidieron recorrer el pueblo antes de la cena para animar a Manuela.

Salieron por las empedradas calles intentando que todo fuera normal. Hacían bromas y se asombraban con las construcciones medievales que encontraban a cada paso.

De pronto Manuela salió corriendo hacia la vidriera de una casa de fotografía antigua. Sin decir palabra, se quedó inmóvil señalando con su dedito la fotografía de una niña. Era una foto muy vieja, un daguerrotipo amarilleado por el tiempo.

Los padres comprendieron que se trataba de Cécile y entraron en la tienda. Los atendió un anciano amable y risueño que se alegró de ver visitantes a esa hora de la tarde.

– Esta foto la tomó mi abuelo. Él fundó esta tienda de fotografía y desde entonces nos mantenemos en el negocio.- dijo el anciano señalando una vitrina donde lucían cámaras antiguas junto a modernas cámaras digitales de última generación.
– ¿Sabe quién es?- preguntó el papá.
– Es Cécile Baumont, la pequeña que se ahogó en el lago intentando salvar a su perro.
– Mi bisabuelo era de apellido Baumont.- dijo la mamá.
– Ya no queda ninguno de ellos, el último falleció hace quince años.- dijo el tendero con algo de melancolía.

Los padres de Manuela interrogaron al viejo tendero y él los invitó a tomar el té en la trastienda para contarles todo lo que sabía. Fue una charla muy agradable y todos quedaron muy agradecidos con el tendero, que los invitó a la fiesta de primavera del pueblo, al día siguiente.

Aunque la visita a Baux de Provence fue encantadora, nadie volvió a nombrar a Cécile. En el fondo, todos sabían que Manuela no podía haber inventado la historia, pero resultaba imposible explicar lo sucedido. De modo que prefirieron callar.

Autora: Andrea Sorchantes

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